Historia

Texto extraído del libro editado por el CPDR El Día del Pueblo: “De Voces, Sueños y Osadías: Mujeres Ejemplares del Perú”  de los autores Nelson Figueroa Anaya y Asunta Montoya Rojas.

La noticia del accidente había corrido más rápido que los vientos del caliente desierto iqueño. Alrededor de la vieja choza ubicada a la entrada del polvoriento pueblo de Humay, estaba agolpada de decenas de curiosos y vecinos que comentaban el suceso. Poco o nada podían hacer ante el triste cuadro de la tragedia.

Toda la familia Calancha, compuesta de ocho miembros, se había intoxicado. En  el fondo oscuro de la única habitación estaban tendidos los cuerpos de la familia. Yacían en el piso, contorneándose, pálidos de dolor, balbuceantes, esperando la llegada de la muerte. Cuando de pronto, la gente empezó a gritar emocionada.
-¡Allí viene!… ¡Allí viene Luisa!…
– ¡Déjenla pasar a la casa!  ¡Salgan de la puerta!  ¡Déjenla pasar!

Enterada del suceso Luisa de La Torre había corrido presurosa al campo. Y con solicitud fraternal reunió todas las yerbas medicinales que conocía y que servirían para salvar las vidas de la familia Calancha. La menuda mujer, vestida de gris y fatigada, llegaba ahora con las pócimas milagrosas a aquella choza. Hizo una señal para que la dejaran pasar a la casa y se introdujo rápidamente. Esta fue una de las tantas acciones que realizó en su vida Luisa de La Torre Rojas, más conocida como la “Beatita de Humay”

 A doscientos cincuenta kilómetros al sur de Lima, y a unos treinta de la ciudad de Pisco, en pleno valle costeño, se encuentra ubicado el pintoresco valle de Humay. A este lugar, convertido hoy en un lugar de peregrinación, acuden durante todo el año, gran cantidad de  devotos y fieles de todas las regiones del país. El único propósito que traen los visitantes es postrarse y orar ante la tumba de la que fue una humilde y sencilla mujer de pueblo llamada Luisa de La Torre Rojas, ”La Beatita de Humay ”.

Luisa de La Torre nació en el calor de un hogar humilde de campesinos en el pueblo de Humay, en la provincia de Pisco, departamento de Ica, el 21 de junio de 1819. Sus padres fueron Agustín de La Torre e Isabel Rojas. Aquellos años eran tiempos de guerra y grandes convulsiones sociales.

El pueblo peruano, después de casi tres siglos de conquista y coloniaje, se despertaba sacudiéndose violentamente del yugo español. No hubo región o pueblo en el Virreinato del Perú donde no se prendiera la llama de la libertad. El avance de la rebelión había sido impulsado por las campañas militares de San Martin y Bolívar.

A su paso por Pisco, del Libertador San Martin, cientos de campesinos yanaconas y esclavos de las haciendas se incorporaron en sus tropas. También lo hicieron muchas mujeres campesinas que se ofrecieron para el servicio del ejército. Los padres de Luisa de La Torre, adheridos a la causa de la libertad, murieron durante esos días trágicos de la emancipación.

Luisa y su hermana  Carmen, quedaron huérfanas a temprana edad, viviendo al amparo y la caridad de familiares y vecinos. Casi en total abandono,  Luisa conoció en carne propia los sinsabores y sufrimientos de la vida. A pesar de la pobreza, cuidó con esmero de su hermana y se las ingenió para estudiar y aprender los secretos de los quehaceres domésticos y de la vida del campo, lo que le permitió sobrellevar aquellos días de carencias y necesidades.

Con el transcurso del tiempo y cuando ya era una joven de 20 años, inquieta y atractiva, sintió un interés especial por la vida religiosa. Eran los primeros meses de 1839 y el país sufría la miseria cotidiana de las  guerras civiles entre caudillos y militares. La Confederación Peruano-Boliviana estallaba en mil pedazos trayendo ruina y desastre al Perú. Esta realidad impactó en la conciencia de Luisa y reafirmó su inclinación por el apostolado a los más necesitados.

Entonces, con el propósito de despejar sus dudas en torno a su ingreso a un monasterio, viaja en repetidas oportunidades a la ciudad de Ica, que en ese tiempo era paso obligado de los ejércitos de los caudillos militares que se enfrentaban por el poder. En la ciudad de Ica conoce al legendario Padre Guatemala, quien fue su amigo, confesor y guía espiritual.

Luisa, ¿estás segura que no deseas ser religiosa?

-preguntó el fraile con voz pausada-.

Ahora estoy convencida que eso no es lo que quiere el Señor para mi, padre –respondió Luisa dirigiendo su mirada al infinito.

Y qué  es lo que te anima –replicó el sacerdote

Es voluntad de Dios que me  ocupe de las  cosas pequeñas. La guerra ha levantado sobre este mundo la ambición, la discordia, la avaricia, la vanidad y la venganza. Por eso, quiero dedicar toda mi vida a la gente que sufre en mi pueblo.

-Tomándola de un brazo, el padre Guatemala musito con cariño- Luisa, hay tantas maneras de amar a Dios y al prójimo en este mundo. Mantén siempre viva la llama de la caridad y de la oración. Actúa siempre con humildad y empeño, que el Señor te ayudará en todas las obras que emprendas.

Es la voluntad de Dios amar al prójimo. Renunciaré a todo,  menos el dar consuelo a aquellas almas desesperadas que necesitan el bien. Gracias, Padre –respondió Luisa abrazando de alegría al sacerdote-.

Se cuenta que Luisa de La Torre, cumpliendo una solemne promesa hecha al Señor de Lúren, nunca más salió de su humilde pueblo. Dedicándose, desde entonces, con inquebrantable fervor y tesón al apostolado de servir a los más humildes y necesitados.

Luisa de La Torre, de aspecto menudo y delicado, de una belleza extraña y  una mirada profunda, tuvo una especial dedicación por los niños abandonados de su pueblo. Como “mujer de armas tomar”, cuentan que su humilde casa, rodeada de frondosos sauces, la convirtió en escuela. Allí preparó un ambiente donde reunía a los niños y les enseñaba a leer y escribir y les instruía en las Sagradas Escrituras y el catecismo.

A las niñas más grandecitas les enseñaba a coser, a bordar y a cocinar. No se cansaba de repetir a sus pequeños alumnos la necesidad de mantener  limpios la cabeza y el corazón para poder enfrentar los errores y debilidades. Y que para enfrentar la vida se deben conocer los saberes y secretos que ella encierra

Y como va ese dolor de cintura –dijo Luisa mientras desataba con dificultad las rusticas vendas que llevaba la anciana-. Para ese dolor de cintura le he preparado este remedio en base a unas yerbas que me dejaron unos amigos ayacuchanos.

Gracias Luisa, que haríamos los pobres de Humay sin tu presencia.

Incansable dueña de una inmensa bondad y nunca ajena al dolor humano, Luisa La Torre se daba tiempo para todo. Conocedora de hierbas medicinales, las usaba para curar males. Vestida sencillamente sin blondas ni encajes y siempre con la sonrisa en los labios, visitaba a los enfermos a quienes atendía con esmero y dedicación. Ellos no olvidarán sus palabras humildes  y dulces. Los caminantes y viajeros que hacían la ruta de  la costa hacia la sierra de Ayacucho siempre encontraban refugio, descanso y alimentos en casa de Luisa.

Los que la conocieron la caracterizaban como muy trabajadora, cuidadosa y valiente. Dedicaba amplios momentos al rezo y al enriquecimiento espiritual. Su vida de fe y sacrificio, su amor a Dios y el apostolado eran medios para acercarse al Señor.
Dicen que toda la bondad del alma le asomaba en los ojos dulces y tranquilos y que todos los necesitados, los enfermos y los hambrientos fueron sus mejores amigos.

En los últimos años de su vida se acentuó su carácter de mujer religiosa. Decir que Luisa La Torre amó muchísimo a la gente, es decir muy poco. Su fama de caritativa, penitente, santa, que realizaba curaciones milagrosas y tenia el don de la premonición se extendió por toda la región.

Cuentan todavía los más ancianos de Humay, que la muerte de Luisa de La Torre fue precedida por el anuncio de grandes presagios y una racha de malos sueños ocurridos entre los habitantes del pueblo. La beatita de Humay, una mujer bondadosa que dedicó su vida al servicio de la caridad, falleció el 21 de noviembre de 1869.

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